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El Arte y su Percepcion entre las Masas
viernes, 20 de febrero de 2015
Arte, calle y coyuntura política. Sebastián Videla Valenzuela
Hace un par de semanas el Museo de Arte
Contemporáneo inauguró la exposición
“Memoria y experimentalidad: Chile años 70
y 80″. Una muestra que recoge, en su
mayoría, el trabajo de artistas que durante
la dictadura realizaron piezas pictóricas, de
corte conceptual y performático. Muchas de
estas obras apuntaban a denunciar, por
medio de estrategias de subversión
simbólica y de camuflaje, los abusos que
desarrollaron los oscuros organismos de
seguridad en Chile. Hoy, aquellas piezas
representan gran parte del mosaico
iconográfico-cultural del país en dicho
período. Nos referimos al trabajo de Lotty
Rosenfeld, Carlos Altamirano, Elías Adasme,
Alfredo Jaar, Cecilia Vicuña, Víctor Hugo
Codocedo, Hernán Parada, Valentina Cruz,
Las Yeguas de la Apocalipsis, entre otros.
Estos reconocidos nombres –sólo por
mencionar algunos de la exposición– a
medida que el malestar ciudadano se
expresaba por medio de protestas
callejeras y también por medio de
escaramuzas armadas, se tomaban las
calles con arrojadas acciones que además
de intervenir el espacio público, se
concibieron como obras de registro
fotomecánicos.
Pese a que muchas de estas acciones
resultaron inentendibles o ambiguas para
las autoridades de la época, los artistas no
se dejaron amilanar por la militarización y
las posibles consecuencias que su actuar en
la calle pudiera generar. Sin duda, este
período marcó un momento único en el
país y en nuestra historia del arte local, en
el cual los artistas alinearon sus proyectos a
la efervescencia político-social imperante.
Había un enemigo y el arte y los artistas no
podían estar indiferentes.
Hoy, algunos críticos –como Guillermo
Machuca en su reciente libro– han rebatido
la condición en extremo subversiva de
algunas de estas piezas, argumentando que
fueron concebidas bajo las mismas reglas
de difusión del arte oficial sin sufrir un
mayor tipo de censura o blanqueo. Fuese
ese o no el caso, lo que sí tenemos claro es
que hubo una preocupación efectiva por
parte de los artistas por los conflictos reales
y presentes como la opresión y la tortura.
Los registros dan cuenta de ello, más allá de
las actuales interpretaciones.
Una vez recuperada la democracia, el foco
de atención respecto a la utilización de la
calle como elemento estético
definitivamente cambió. El retorno a la
universidad de muchos de estos artistas y
teóricos conllevó también la oficialización
de aquel discurso “subalterno” –mejor
conocido como Escena de Avanzada– a
partir de su validación académica. Surgen
nuevos museos, galerías y centros
culturales, muchos de ellos se vuelven
espacios oficiales y otros comerciales, en
los cuales la calle hace ingreso como
registro y creación.
El acto performático nacido desde las artes
visuales, debió ingresar al museo o a la
galería como ejercicio de validación y
circulación. La condición efímera, rebelde
y/o mutable de la calle y su acción
performativa se adoctrinó al espacio de
circulación “oficial” o de “validación” el que
ha dependido fuertemente de una robusta
tradición academicista de arte 2, como ha
sido característico en nuestro país.
Otro recurrente fenómeno de “oficialización
del acto callejero” fueron los carnavales
culturales. Estos eventos se transformaron
en uno de los símbolos de la política
cultural de la Concertación. Música y baile
coronaron fiestas ciudadanas, algunas de
ellas transmitidas por televisión.
Sumémosle a esto, los celebrados
espectáculos masivos de Santiago a Mil con
las compañías La Furia del Baus o Royal De
Luxe (recordemos a la muñeca gigante y al
tío escafandra que tanto irritaron a Justo
Pastor Mellado). Es en esta misma calle,
donde también numerosos artistas
desconocidos imprimen día a día, por
medio de grafitis y esténcils, los muros y
veredas de la ciudad 3.
Ello contrasta, por ejemplo, con los
colosales espectáculos de luces que se
hicieron sobre el frontis de La Moneda para
conmemorar el bicentenario. Muros ambos.
Uno anónimo, invisible ante los medios y
cargado de contingencia, mientras que el
otro, institucional, hiper-mediatizado y
cargado de una lectura republicana y
patriotera.
jueves, 19 de febrero de 2015
La cultura proletaria y el arte proletario L. Trotsky
Cada clase dominante crea su cultura, y en consecuencia su arte. La historia ha conocido las
culturas esclavistas de la Antigüedad clásica y del Oriente, la cultura feudal de la Europa medieval y la
cultura burguesa que domina hoy el mundo. De ello parece deducirse que también el proletariado debe
crear su cultura y su arte.
Sin embargo, la cuestión está lejos de ser tan simple como parece a primera vista. La sociedad
en la que los poseedores de esclavos formaban la clase dirigente ha existido durante numerosos
siglos. Lo mismo ocurrió con el feudalismo. La cultura burguesa, aunque se la date de su primera
manifestación abierta y tumultuosa, es decir, la época del renacimiento, existe desde hace cinco siglos,
pero no ha alcanzado su apogeo pleno hasta el siglo XIX, más precisamente, hasta su segunda mitad.
La historia muestra que la formación de una cultura nueva en torno a una clase dominante exige un
tiempo considerable y no alcanza su plena realización más que en el período precedente a la
decadencia política de esta clase.
¿Tendrá el proletariado el tiempo suficiente para crear una cultura “proletaria”? Contrariamente
al régimen de los poseedores de esclavos, de los feudales y de los burgueses, el proletariado
considera su dictadura como un breve período de transición. Cuando queremos denunciar las
concepciones demasiado optimistas sobre el paso al socialismo, subrayamos que el período de la
revolución social, a escala mundial, no durará meses, sino años y decenas de años; decenas de años,
pero no siglos y mucho menos milenios. ¿Puede el proletariado, en este lapso de tiempo, crear una
cultura nueva? Las dudas son tanto más legítimas cuanto que los años de revolución social serán años
de una cruel lucha de clases, donde las destrucciones ocuparán más lugar que una nueva actividad
constructora. En cualquier caso, la energía del proletariado se gastará principalmente en conquistar el
poder, en mantenerlo, en fortificarlo y en utilizarlo para las necesidades más urgentes de la existencia y
de la lucha ulterior. Ahora bien, durante este período revolucionario, que encierra en límites tan
estrechos la posibilidad de una edificación cultural planificada, el proletariado alcanzará su tensión más
alta y la manifestación más completa de su carácter de clase. Y a la inversa, cuanto más seguro esté el
nuevo régimen frente a las perturbaciones militares y políticas, y cuando más favorables se vuelvan las
condiciones de la creación cultural, tanto más se disolverá entonces el proletariado en la comunidad
socialista, y se liberará de sus características de clase, es decir, dejará de ser el proletariado. En otros
términos, durante el período de dictadura, no puede existir el problema de la creación de una cultura
nueva, es decir, de la edificación histórica en el sentido más amplio; por contra, la edificación cultural
no tendrá precedente en la historia cuando el puño de hierro de la dictadura no sea ya necesario,
cuando no tenga carácter de clase. De ahí hay que concluir por regla general que no sólo no hay
cultura proletaria, sino que no la habrá; y a decir verdad no hay motivo para lamentarlo: el proletariado
ha tomado el poder precisamente para terminar de una vez por todas con la cultura de clase y para
abrir la vía a una cultura humana. Parece que olvidamos esto con demasiada frecuencia.
Las referencias confusas sobre la cultura proletaria, por analogía y antítesis respecto a la
cultura burguesa, se nutren de una asimilación excesivamente falta de crítica entre los destinos
históricos del proletariado y los de la burguesía. El método banal, liberal en puridad, de las analogías
históricas formales, nada tiene en común con el marxismo. No hay analogía real alguna entre el ciclo
histórico de la burguesía y el de la clase obrera.
El desarrollo de la cultura burguesa ha comenzado muchos siglos antes de que la burguesía,
mediante una serie de revoluciones, tomase el poder del Estado. Cuando la burguesía no era todavía
más que el Tercer Estado, privado a medias de sus derechos, jugaba ya un gran papel, que sin cesar
crecía en todos los dominios del desarrollo cultural. Puede uno verlo, con particular nitidez, en la
evolución de la arquitectura. Las iglesias góticas no fueron construidas de pronto, bajo el impulso de
una inspiración religiosa. La construcción de la catedral de Colonia, su arquitectura y su escultura,
resumen toda la experiencia arquitectónica de la Humanidad desde el tiempo de las cavernas, y todos
los elementos de esta experiencia concurren en un estilo nuevo que expresa la cultura de su época, es
decir, en último análisis, la estructura y la técnica sociales de esa época. La antigua burguesía de las
corporaciones y los gremios fue el verdadero constructor del gótico. Al desarrollarse y al tomar fuerza,
es decir, al enriquecerse, la burguesía sobrepasó consciente y activamente el gótico y comenzó a crear
su propio estilo arquitectónico, pero ya no para las iglesias, sino para sus palacios. Apoyándose en las
conquistas del gótico, se volvió hacia la antigüedad, especialmente la romana, utilizó la arquitectura
árabe, sometió todo a las condiciones y necesidades de la nueva vida urbana, y creó así el
Renacimiento (en Italia, a fines del primer cuarto del siglo XV). Los especialistas pueden contar, y cuentan en realidad, los elementos que el Renacimiento debe a la antigüedad y los que debe al gótico,
para ver de qué lado se inclina la balanza. En cualquier caso, el Renacimiento no comienza antes de
que la nueva clase social, una vez establecida culturalmente, no se sienta lo suficientemente fuerte
para salir del yugo del arco gótico, para considerar el gótico y todo lo que lo había precedido como un
material, y para someter los elementos técnicos del pasado a sus objetivos arquitectónicos. Esto es
igualmente válido para las restantes artes, con la diferencia de que en razón de su mayor flexibilidad,
es decir, en razón de que dependen menos de los objetivos utilitarios y de los materiales, las artes
“libres” no revelan la dialéctica del dominio y de la sucesión de los estilos con una fuerza tan
convincente.
Entre el Renacimiento y la Reforma, por un lado, que tenían por objeto crear las condiciones
de existencia intelectual y política más favorables para la burguesía en la sociedad feudal, y, por otro,
la Revolución que transferirá el poder a la burguesía (en Francia), han transcurrido de tres a cuatro
siglos de crecimiento de las fuerzas materiales e intelectuales de la burguesía. La época de la gran
revolución francesa y de las guerras que hizo nacer rebajó temporalmente el nivel material de la
cultura. Pero luego el régimen capitalista se afirmó como “natural” y “eterno”.
Así, el proceso fundamental de acumulación de los elementos de la cultura burguesa y de su
cristalización en un estilo específico ha sido determinado por las características sociales de la
burguesía como clase poseedora, explotadora: no solamente se ha desarrollado materialmente en el
seno de la sociedad feudal, vinculándose a éste de mil maneras y atrayendo hacia sí las riquezas, sino
que también ha puesto de su parte a la intelligentsia, creando para sí puntos de apoyo culturales
(escuelas, universidades, academias, periódicos, revistas) mucho tiempo antes de tomar posesión
abiertamente del Estado a la cabeza del tercero. Basta con recordar aquí que la burguesía alemana,
con su incomparable cultura técnica, filosófica, científica y artística, ha dejado el poder en las manos de
una casta feudal y burocrática hasta 1918, y no decidió, o mejor dicho, no se vio obligada a tomar
directamente el poder hasta que la osamenta material de la cultura alemana comenzó a caer
convertida en polvo.
Puede replicarse a esto que han sido precisos miles de años para crear el arte de la sociedad
esclavista, y sólo algunos siglos para el arte burgués. ¿Por qué entonces no iban a bastar algunas
decenas de años para el arte proletario? Las bases técnicas de la vida no son iguales hoy día, y por
ello el ritmo es igualmente muy distinto. Esta objeción, que a primera vista parece muy convincente,
pasa en realidad de refilón junto al problema.
Cierto que en el desarrollo de la nueva sociedad llegará un momento en que la economía, el
edificio cultural, el arte, serán dotados de la mayor libertad de movimientos para avanzar. En cuanto al
ritmo de este movimiento, no podemos en la actualidad más que soñarlo. En una sociedad que haya
rechazado la áspera y embrutecedora preocupación por el pan cotidiano, en que los restaurantes
comunitarios prepararán a elección de cada uno una alimentación buena, sana y apetitosa, en que las
lavanderas comunales lavarán bien buena ropa para todos, en que los niños, todos los niños, estarán
bien alimentados, serán fuertes y alegres, y absorberán los elementos fundamentales de la ciencia y
del arte como absorben albúmina, el aire y el calor del sol, en que la electricidad y la radio no serán ya
los procedimientos primitivos que hoy son, sino fuentes inagotables de energía concentrada que
respondan a la presión de un botón, en que ya no habrá “bocas inútiles”, en que el egoísmo liberado
del hombre -¡fuerza inmensa!- será totalmente dirigido hacia el conocimiento, la transformación y la
mejora del universo, en una sociedad semejante la dinámica del desarrollo cultural no tendrá
comparación alguna con lo que se ha conocido en el pasado. Pero esto no vendrá sino tras un largo y
difícil período de transición, que aún está casi entero delante de nosotros. Precisamente aquí
hablamos de ese período de transición.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Estética del horror.
viernes, 13 de febrero de 2015
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